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28 noviembre, 2009

El experimento de Skinner sobre superstición en palomas: una explicación alternativa

Es enormemente conocido el experimento de Skinner sobre “superstición” en palomas. Éste consistía en la presentación, cada 12-15 segundos, de una dosis de comida independientemente de la conducta de los animales. Skinner observó que, tras cierto número de ensayos, las palomas mostraban una serie de conductas repetitivas, que él atribuyó al desarrollo de una superstición. Es decir, la comida habría reforzado alguna conducta emitida aleatoriamente por la paloma en algún momento, de manera que la paloma habría “aprendido” que dicha conducta era la causante del suministro de comida. O, expresado de un modo empírico a la manera de Skinner, debido al emparejamiento entre una respuesta aleatoria y el suministro de comida, se habría incrementado la probabilidad de aparición de dicha respuesta. Este mecanismo fue el origen de un modelo sobre la conducta supersticiosa en seres humanos, y este experimento fue replicado otras veces con sujetos humanos.

Sin embargo, el experimento de Skinner puede tener una explicación alternativa, basada en la teoría de los sistemas de conducta. Conviene explicar primero muy brevemente dicha teoría. Ésta integra evidencia tanto de la etología como de la psicología. Su idea principal es que la manera en que un animal se enfrenta al mundo depende de la historia filogenética de su especie en interacción con su medio. De esta forma, el animal contaría con juegos o conjuntos de conductas (sistemas) cuya activación dependería de la interacción entre la motivación del animal, su contexto estimular y la historia evolutiva.

Un animal contaría con múltiples sistemas de conducta, relacionados con distintas funciones vitales: reproducción, alimentación, defensa, etc. Cada sistema estaría integrado por varios subsistemas, relacionados con diferentes conjuntos de maneras de satisfacer esas funciones vitales. Por ejemplo, en el caso de la alimentación, un subsistema sería la conducta predatoria. A su vez, los subsistemas se dividen en modos motivacionales. Éstos predisponen al animal a realizar ciertas conductas y prestar especial atención a ciertos estímulos en función de las circunstancias. Por ejemplo, dentro de la conducta predatoria habría diferentes modos: búsqueda general de alimento, que implicaría conductas de búsqueda inespecíficas como deambuleo o espera; búsqueda focal, que incluiría conductas centradas en una presa localizada, como acecho o captura; o carga/consumo, que incluye conductas como cargar con la presa o comérsela. El modo activo dependerá del contexto estimular (por ejemplo, de la cercanía de la presa; el modo de búsqueda general se activa cuando no hay presas localizadas, mientras que el de búsqueda focal lo hace cuando ya se ha localizado alguna), o de la motivación del animal. Un ejemplo de esto último viene dado en una descripción de Leyhausen (1979) sobre la conducta predatoria en el gato: si ponemos a un gato hambriento en una habitación llena de ratones, en un primer momento los matará y los devorará (modo de consumo); una vez reducida su hambre jugueteará con los ratones, capturándolos y acechándolos (modo de búsqueda específica); y tras un tiempo, se limitará a deambular y seguir con la mirada a los ratones (modo de búsqueda general). Añadir a esto que dentro de un mismo modo hay diversas conductas posibles, cuya aparición puede depender de las demandas del ambiente o de diferencias individuales, como por ejemplo el aprendizaje previo. Esta secuencia de modos ocurriría tanto en situaciones naturales, como en situaciones aprendidas (p. ej., en un entrenamiento de intervalo fijo, en el que se refuerza a la rata por pulsar la palanca tras un intervalo de tiempo, se observa que las respuestas relacionadas con el modo de búsqueda específica aumentan conforme se acerca el final del intervalo y el momento de la aparición del reforzador).

Imaginémonos ahora a la paloma en la caja de Skinner, en la que a intervalos fijos aparece comida. La teoría de los sistemas de conducta predice que lo que realmente aprende la paloma son las claves temporales sobre el EI, esto es, el tiempo que tarda en aparecer. Observando las conductas de la paloma en dicha situación, tras los ensayos de entrenamiento, se puede ver que en los puntos de máxima distancia a la aparición del EI la paloma realiza conductas propias del modo de búsqueda general, como deambular por la caja. A medida que se aproxima la aparición del EI la paloma va realizando cada vez más conductas propias del modo de búsqueda específica, como picotear o curiosear cerca del comedero. La aparición del EI (la comida), lleva a su ingesta (modo de consumo), y tras ésta la paloma volvería al modo de búsqueda específica y, paulatinamente, al de búsqueda general. Este análisis es más sencillo de realizar si se amplía el intervalo entre los EI, ya que con intervalos de tiempo tan cortos como los usados por Skinner (12-15 segundos) el modo de búsqueda general apenas se expresa.

La conclusión que podemos sacar de lo comentado anteriormente es que lo que observó Skinner, e interpretó como conductas “supersticiosas”, eran conductas estereotipadas propias de un modo motivacional concreto de las palomas, activado por la expectativa o la cercanía temporal de la aparición de alimento. La variedad de conductas que observó eran debidas a la variedad de respuestas posibles dentro de un mismo modo.

Hoy en día, existen otras explicaciones más firmes que la propuesta por Skinner sobre la conducta supersticiosa, basadas en los sesgos en la detección y ponderación de las relaciones causales y de contingencia. Sin embargo, el debate en torno a este tema sirve para ejemplificar cómo el ambientalismo extremo de la psicología de mediados del siglo XX es insuficiente para explicar satisfactoriamente la conducta animal y humana, y de cómo es necesario tener en cuenta la historia filogenética de cada especie estudiada a la hora de analizar su comportamiento.

02 julio, 2009

Feromonas en el ser humano

Hace tiempo que el estudio de la conducta sexual humana suscitó en mí la curiosidad de saber si ésta, así como otros comportamientos, estarán en parte influidos por la existencia de ciertas sustancias llamadas feromonas. No existe demasiada investigación sobre el tema en animales humanos, y buena parte de ella ha sido realizada por laboratorios que se dedican a comercializar estas sustancias, lo cual explica la baja calidad de los estudios y los intentos clamorosamente intencionados por hallar evidencia confirmatoria. Una revisión completa sobre el tema la ofrece, por ejemplo, Hays (2003). A pesar de la escasa evidencia, sin duda la que hay puede ayudar a reflexionar acerca de más de un mito sobre estas famosas sustancias.

Una definición comúnmente aceptada de feromona sería “cualquier sustancia secretada por un individuo y recibida por otro de su misma especie, en el cual provoca una reacción específica tal como una conducta definida o una reacción fisiológica”, como por ejemplo cambios en el ciclo de estro o provocación de conducta de lordosis. Las más comunes entre primates serían segregadas a través de las glándulas sudoríparas. En humanos, las axilas contienen glándulas especiales de gran tamaño, que además muestran diferencias entre hombres y mujeres. El sudor secretado por estas glándulas sirve de nutriente para ciertos tipos de bacterias, que producen variedad de olores. Otras regiones que parecen tener cantidades importantes de estas glándulas son los pezones o las mejillas. En mujeres, se cree que las secreciones de los pezones pueden ser detectadas por los lactantes, como ocurre en otras especies de animales. La saliva también sería un buen lugar para la búsqueda de feromonas, pues muchas otras especies las poseen en ella; así como los fluidos vaginales, que contienen ciertas sustancias de efecto feromonal en otros animales.

En humanos, están bien documentados ciertos efectos conductuales de los olores, concretamente en la conducta de emparejamiento, y sobre todo en el caso de la mujer, que parece ser más sensible a gran variedad de olores y sustancias, especialmente en la etapa fértil del ciclo menstrual. Muchos autores consideran estos efectos como no feromonales porque no se ajustan a la definición: no provocan una “reacción específica”. Por ejemplo, el olor corporal puede proporcionar información sobre el sistema inmunitario del individuo, llevando a la elección preferente de compañeros con un patrón de histocompatibilidad diferente al propio. Esta conducta estaría favorecida por la presión selectiva: parejas con similares patrones de histocompatibilidad tienen mayores problemas reproductivos (nacimientos antes de término, abortos e infertilidad). Un caso clarificador es el de cierta secta endógama estadounidense, en la cual las coincidencias en las parejas son menores que las esperadas por emparejamientos al azar. Los experimentos indican que tanto hombres como mujeres muestran preferencia por olores axilares de individuos con patrones de histocompatibilidad diferentes al propio. Esto no indica necesariamente un efecto directo de ciertas sustancias sobre la conducta, pues dicha preferencia puede ser explicada por una comparación entre el olor propio y el ajeno. Diferentes patrones de histocompatibilidad, por varias razones, darían lugar a olores corporales distintos.

En general, se considera que las feromonas son recibidas por el órgano vomeronasal (OVN), que envía proyecciones al bulbo olfatorio accesorio. La inexistencia de este último en los humanos y la atrofia del OVN fueron considerados durante un tiempo evidencias de la no existencia de feromonas en humanos. Sin embargo, otras revisiones (por ejemplo Baxi, Dorries y Eisthen, 2006) indican que también el epitelio olfatorio puede funcionar como receptor de feromonas, y que éste y el OVN pueden diferir en el tipo de sustancias a las que responden (por ejemplo, dependiendo de la volatilidad de la sustancia), pudiendo ambas recibir tanto olores como sustancias feromonales.

Vemos, pues, que en principio no es descabellado pensar que puedan existir feromonas en los humanos. Principalmente, la investigación se ha centrado en 3 ámbitos: los hipotéticos efectos de las feromonas axilares, de las vaginales, y de la estimulación del OVN.

En humanos se han encontrado diversas sustancias potencialmente feromonales en el sudor axilar, y los efectos de algunas de ellas han sido puestos a prueba en diversas investigaciones. Algunos estudios han encontrado resultados positivos tales como el incremento de sentimientos de atracción hacia miembros del sexo opuesto, o el incremento de la conducta de sumisión en mujeres en período de ovulación. Sin embargo, la mayoría cometen graves fallos metodológicos, como la ausencia de grupo control y la no utilización de sustancias de olores similares o del enmascaramiento para descartar efectos directos del olor, como por ejemplo reacciones afectivas derivadas del aprendizaje. Los estudios que sí incorporaron dichos métodos de control no encontraron efectos significativos de posibles feromonas. A pesar de esto, muchas empresas no dudan en vender estas sustancias como potenciadores del atractivo sexual.

Una vía específica de investigación con este tipo de moléculas es la de la sincronización del ciclo menstrual en mujeres mediada por las feromonas axilares. Se parte de la hipótesis de que mujeres que conviven juntas acabarán sincronizando sus ciclos menstruales. Diversos estudios hallan evidencia de este fenómeno en múltiples contextos (residencias universitarias, parejas de lesbianas, miembros de la misma familia, etc.). El mismo fenómeno ha sido encontrado en otras múltiples especies. Sin embargo, muchos de los estudios en humanos han sido criticados por errores metodológicos, lo cual resta credibilidad a la evidencia. Otros estudios muestran que la longitud del ciclo menstrual de la mujer puede variar con la exposición a olores axilares de otras mujeres, y acelerarse con la interacción repetida con hombres. Sin embargo, en general puede considerarse que la evidencia es insuficiente para afirmar que existe un efecto claro.

En cuanto a las feromonas vaginales, llamadas copulinas, se sabe que tienen una poderosa influencia en la conducta de apareamiento de otros animales. Sin embargo, se carece completamente de evidencia de este hecho en humanos. Tales sustancias se encuentran en mujeres, pero probablemente tengan otro tipo de funciones. Además, el hecho de que la ovulación en la mujer sea encubierta (lo cual tiene una sólida explicación evolutiva) apoya la idea de que tales efectos no existen en nuestra especie. Esto, al igual que en el caso anterior, no impide que algunos se planteen la idea de comercializar productos basados en estas moléculas.

Por último, están los estudios de estimulación del órgano vomeronasal, o más correctamente de sustancias que estimulan las células de dicho órgano. En mujeres, se ha comprobado que las células del OVN reaccionan a la androstadediona (una sustancia axilar), y que la exposición a esta sustancia enmascarada por otros olores provoca cambios en el sistema límbico, evaluados por neuroimagen, así como en la temperatura y la conductancia de la piel. Estudios conductuales encuentran una reducción de estados afectivos negativos. En hombres, se ha hallado un patrón de respuesta fisiológica semejante ante el estratetraenol (una sustancia presente en la orina de las embarazadas), aunque no de la respuesta conductual, que parece ser opuesta. La reflexión sobre las posibles causas evolutivas de estos resultados hace que parezcan bastante coherentes y probables. Esto podría sugerir que, a pesar de su atrofia, el OVN podría tener ciertas funciones de recepción de sustancias en el ser humano, aunque el efecto también podría estar mediado directamente por la mucosa olfativa. Cabe señalar que estos estudios carecen también de grupo control, aunque el número de individuos sin OVN es importante (es frecuentemente dañado en cirugía nasal); y que además son escasos, por lo que sería útil contar con más réplicas. No obstante, siguen siendo la evidencia más clara de existencia de feromonas en el ser humano, lo cual también ha llevado a su pronta comercialización.

Esta breve revisión de la evidencia acumulada hasta hoy en día permite sacar muy pocas conclusiones. Es difícil discriminar las publicaciones serias y rigurosas de las propagandísticas, y buena parte de los estudios están subvencionados por compañías que comercializan productos con un supuesto efecto feromonal. Podríamos decir que, de existir, el efecto de posibles feromonas en humanos sería bastante discreto y sutil, lejos de los increíbles resultados que nos venden algunas empresas. Se puede comprobar además que es una forma de influencia en la conducta de los semejantes que tiene poca importancia en los simios del Viejo Mundo, en contraste con los del Nuevo Mundo, lo cual también apoya la idea de que su valor es escaso en nuestra especie, para la cual existen muchas otras claves (principalmente visuales) para la elección de pareja.

Referencias:

Hays, W. T. S. (2003): Human pheromones: Have they been demonstrated? Behavioral Ecology and Sociobiology, 54, 89-97.
Baxi, K. N., Dorries, K. M., Eisthen, H. L. (2006): Is the vomeronasal system really specialized for detecting pheromones? Trends in Neuroscience, 29 (1).
Rantala, M. J., Eriksson, C. J. P., Vainikka, A., Kortet, R. (2006): Male steroid hormones and female preference for male body odor. Evolution and Human Behavior, 27, 259-269.


31 marzo, 2009

Indefensión vs superstición

Hoy toca hablar de un interesante debate dentro de la psicología básica (y, para los que de principio crean que va a ser un coñazo, sostengo que la básica es fascinante). Se trata de una situación muy típica en psicología, en la cual en dos condiciones aparentemente iguales se producen dos fenómenos totalmente distintos. En este caso, hablaremos de la indefensión aprendida y de la superstición o ilusión de control.

La indefensión aprendida tiene lugar cuando se somete a un animal a una situación en la que se presentan estímulos o eventos aversivos (p. ej. descargas), que no están señalizados. Esto los convierte en incontrolables e impredecibles (que al fin y al cabo es casi lo mismo: predecir un evento permite controlarlo). Esta situación produce un síndrome en el animal que consiste en: un déficit motivacional (la rata no huye de la descarga, se vuelve pasiva), un déficit cognitivo (la rata muestra dificultades para aprender en posteriores situaciones en las que el EI sí está precedido por un EC, y es por tanto predecible), y un déficit afectivo. Para los autores que desarrollaron esta idea, es como si el animal aprendiera que no hay nada que hacer y se rindiera a su suerte. La numerosa investigación animal sobre el fenómeno contribuyó a eliminar hipótesis alternativas al déficit, y consolidó a la indefensión aprendida como una nueva forma de aprendizaje, no observada con anterioridad. Lo que se aprendía, para estos autores, era sencillamente que el evento era incontrolable. A raíz del éxito de este planteamiento, se decidió dar el gran salto a los humanos. Para muchos, no pasó desapercibida la enorme semejanza entre el síndrome de indefensión y la depresión, por lo que no se tardó en crear una teoría de la depresión por indefensión aprendida. Según ésta, si se daban una serie de condiciones en la vida de las personas, desarrollaban depresión a través de este mecanismo. Los requisitos eran percepción de incontrolabilidad de los eventos externos (y recalco lo de percepción), atribución interna (es decir, atribuír la falta de control a la propia incapacidad), percepción de estabilidad (es decir, creer que la situación se va a mantener en el tiempo), y generalización (creer que la situación se da en todas partes). No es raro que una persona tenga este tipo de cogniciones cuando pasa por algún momento difícil, en el que ocurren cosas fuera de su control (muerte de familiares, pérdida de empleo…). La teoría se fue matizando, pues no todas las personas que pasan por situaciones que a priori provocarían indefensión acaban deprimidas. Por ello, se distinguió entre depresión endógena (en la que la vulnerabilidad biológica tenía un mayor peso) y la depresión reactiva (en la que las condiciones ambientales tenían más protagonismo). Se realizó numerosa investigación con humanos para comprobar que la indefensión aprendida de hecho se producía, al menos en situaciones de laboratorio, y durante un tiempo esta teoría gozó de notable éxito.

Sin embargo, siempre surgen voces críticas. Las más demoledoras se basaron en un descubrimiento de Skinner. Éste sometió a palomas a unas condiciones en las que se les dispensaba automáticamente comida, de forma incontrolable e impredecible. Tras un tiempo, observó que cada paloma había desarrollado un patrón de conducta distinto, como si “creyeran” que su realización provocaba de hecho la aparición de comida. Ocurría que, aleatoriamente, se reforzaba alguna conducta de la paloma, lo cual acababa provocando una especie de comportamiento supersticioso o ritualista. Esto parece contradecir la hipótesis de la indefensión aprendida, según la cual las palomas deberían aprender que el estímulo es incontrolable. Existen diferencias importantes, pues en este experimento se usan estímulos apetitivos en lugar de aversivos; sin embargo, este planteamiento supone un duro reto para la teoría de la depresión por indefensión aprendida, pues ésta supone que la depresión ocurre cuando la persona percibe que los eventos del ambiente ocurren independientemente de lo que haga. En la búsqueda por la variable clave para que se produzca indefensión aprendida en humanos, se halló que los experimentos en los que se hallaba indefensión aprendida en sujetos humanos se caracterizaban por tener feedback de error. Esto es, en tareas de resolución de problemas irresolubles (incontrolables por tanto), se decía al sujeto que sus respuestas eran incorrectas; y en tareas de evitación de estímulos aversivos incontrolables (un ruído fuerte y molesto) se decía que su acción no era la adecuada para evitar el evento. En experimentos en los que se eliminó el feedback de error, los sujetos tienden a desarrollar ilusión de control, esto es, a creer que su respuesta realmente sirve para algo. Es más, si se les decía al final que realmente lo que habían hecho estaba todo mal, muchos sujetos no se lo creían. Estos experimentos ponen de manifiesto que en realidad la indefensión aprendida no ha sido demostrada en humanos, pues el feedback de error puede ser una explicación alternativa al fenómeno. Y es difícil crear una situación en la que la persona perciba falta de control sin feedback, pues los humanos tenemos la tendencia a formular hipótesis explicativas de cada cosa que nos pasa, lo cual nos lleva muchas veces a la superstición, o a una falsa sensación de control.

Las posturas más conciliadoras consideran que indefensión y superstición pueden ser los dos extremos de un continuo. Por ejemplo, una persona que ha sido diagnosticada de una enfermedad incurable podría tomar dos cursos de acción: darse cuenta de que la terapia no vale para nada, y de que la enfermedad está fuera de su control, lo cual degeneraría en depresión; o por el contrario desarrollar la creencia de que posibles mejorías transitorias se deben a terapias o actividades que pruebe el paciente, lo cual llevaría a superstición (y por qué no, esperanza). Este punto de vista es coherente con la observación de que los sujetos deprimidos tienden a mostrar menos ilusión de control que sujetos no deprimidos. La superstición surge de la creencia de que el ambiente se puede controlar, y la depresión de que no se puede. La investigación sobre el tema nos dirá bajo qué condiciones tiene lugar cada una.

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